Silencio
Por Maricel Lazzeri

Ese invierno se había perdido la cosecha de las doscientas hectáreas de trigo y arroz. Lo supe después, no ese día, en el que ni sospeché que mientras mi abuelo giraba la vuelta del mate amargo, íntimamente estaba viviendo una tragedia. Más tarde recordé cómo de a ratos se le escapaba un poco más de silencio, cuando seguramente lo iban arrastrando los pensamientos, que quién sabe con qué más se le habrían mezclado. Lo vio mi madre, que se lo contó a mi padre en el camino
de regreso y que conocía de cerca sus gestos. Ella habló de la cosecha, pero también de la amargura de mi abuelo, aunque esa era una palabra reservada sólo para cuando se hablaba de muertos. Pero ella la dijo mientras miraba por la ventanilla, y lloró. Yo también lloré. Y después seguí llorando cuando mi madre habló de otros recuerdos. La vez que en el arroyo Urquiza, cuando ella era apenas una niña, se les ahogaron cien ovejas cerca de las costas del río Mantero.
Mi abuelo no hacía alarde del sufrimiento. Se acercaba a un crucifijo que estaba en la pared arriba de una mesita en la pieza. Por la hendija que dejaba la puerta entreabierta, una vez lo vi doblar la espalda frente al Cristo crucificado. Le debe haber pedido varias veces que le mandara agua para las cosechas, y seguro que a cambio le ofreció más de una promesa. Y que en ninguna de sus oraciones se mezcló nunca una queja. En esos momentos de hombre que apostó al trabajo y se entregó a los designios de la naturaleza, no le debe haber hablado a Dios de su hija muerta, cuidando que lo sagrado no se mezclara con otros temas.
Esas circunstancias y otras más desdichadas iban a parar siempre al mismo silencio, que le fruncía cada vez más el ceño, se llevaba lentamente el brillo de sus ojos morenos y le ponía el andar cada vez más lento. Sólo en contadas ocasiones, cuando se garantizaba hacia esas palabras el debido respeto, mi abuelo nombraba a los muertos.
Y entonces todos hacíamos silencio.
FIN
El texto es un cuento del libro postumo «Vidas de pajaros».