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Misa de domingo

Por Javier Domingo Candia jd_candia@hotmail.com 

Cuando estallo la crisis económica y social del 2001 en Argentina, Villa Blanco era un pueblo tranquilo del interior de la provincia de Buenos Aires. De pocos habitantes y con una industria agrícola prospera. Miraban la debacle del país como algo lejano, algo que no iba a alcanzarlos. Pero a medida que se recrudeció la recesión, los recursos comenzaron a escasear. Con la falta de combustible a nivel nacional, los camiones dejaron de llegar, no pudiendo llevarse lo cosechado ni ingresando otros productos de la vida diaria. Por lo tanto, la comida se transformó en un bien preciado, más que el dinero. La Junta Administrativa del pueblo en una reunión con todas las familias, recomendó que se racionaran los alimentos. Sofía lo recordaba bien. Vio en la cara de los demás los rasgos del miedo, de la incertidumbre de lo que no se sabe que va a pasar, pero que se intuye no es nada bueno.

Ella vivía con su mamá, su papá había muerto hace unos años. La casa era modesta, nada lujosa pero acogedora. Al ser Villa Blanco un lugar de fuerte arraigo cristiano, de una moral y de cumplimiento de las normas estrictas, su casa estaba decorada por santos y vírgenes, una biblia y un crucifijo en cada cuarto. Su madre era devota de la Virgen de Ítati, siempre estaba presente en la misa de los domingos y rezaba en todas las cenas agradeciendo a Dios. Durante la crisis su convicción religiosa creció, pedía más a Dios para que todo se normalizara, y hacía que Sofía sumara su voz a los pedidos celestiales. Pero Sofía no estaba muy convencida si eso ayudaba, lo hacía por su madre, para no lastimarla. Pero si los domingos podía excusarse con alguna molestia o tarea para el colegio, le pedía a su madre quedarse en casa y faltar a misa. Pero un domingo no hizo falta que inventará nada para no asistir. La señora Carmen, una de las secretarias de la Junta Administrativa, tocó a su puerta el domingo a la mañana. Con su sonrisa bonachona y su típico sombrero de pana, le dijo a la madre de Sofía que la misa de hoy era solo para adultos, ya que además de celebrarse la eucaristía, la Junta trataría otro tema. Con una felicidad que Sofía supo ocultar muy bien, falsamente se apeno de no asistir. Pasó la mañana leyendo y escribiendo poesía, debido a que la televisión emitía una llovizna constante como imagen. Cuando su madre regresó, algo en su semblante la preocupó. Se la veía asustada, temerosa, como si quisiera salir corriendo en ese mismo momento. Sofía le pregunto qué había pasado en la reunión. Le respondió que nada grave, que dada la situación actual comenzarían a “jugar” al amigo invisible. Sofía no sabía cómo se jugaba, pero le sonó divertido, a pesar del rostro pálido ceniza que tenía su madre al contarle esto.

Las reglas eran simples: solo podían participar un adulto por familia, todos sus nombres se mezclaban en un recipiente y uno por uno debían sacar un papel. Después, cada uno tendría que regalarle algo de alimento al otro, con el fin, según su madre, de ayudarse mutuamente y fomentar la solidaridad.  El padre Marcos y el señor intendente Horacio. Dijeron que se va a hacer todos los domingos, comentó la madre de Sofía. Llegan noticias muy feas de la Capital, agregó: saqueos, robos, dice el señor Horacio que es un caos. A Sofía esas cosas no la preocupaban, nunca había visto nada de eso. Solo algo le quedo dando vuelta en sus pensamientos, una pregunta sobre el “juego”. Casi su lengua la soltó al aire, pero se contuvo. No quería que su madre pensara que era tonta. Era un simple juego, de pocas reglas. Nada complicado. Trato de olvidarlo, pero la pregunta seguía ahí, y ella misma se interpelo diciendo en su cabeza, qué pasaría si sucedía lo que la pregunta planteaba.

Llego el domingo. Día de misa. Sofía ya no tenía que inventar nada, los niños estaban vetados para ir a la iglesia. Por un lado, se alegró, nunca fue muy propensa a las cuestiones religiosas, sin embargo, en su interior presentía que pasaría algo importante. Se imaginó yendo a hurtadillas a la iglesia, a espiar, pero si su madre se enteraba sabía que sería castigada. Al llegar su madre, lo primero que Sofía le dijo fue qué nombre le había tocado. Su madre la miró taciturna, dudando si decirle o no. No quería involucrarla más. Le dijo que no importaba, que mejor la ayudara a elegir un producto. Luego el tema no se tocó, y el día transcurrió como cualquier otro domingo. El lunes mientras Sofía iba a la escuela, pasó por la casa de los Fernández. Ellos eran 4: padre, madre y dos niños. Como era de costumbre Sofía siempre se encontraba con el señor Fernández pronto a irse a trabajar en su bicicleta. Cambiaban unas palabras, él muy agradable, parecía siempre risueño. Pero hoy estaba solo su bicicleta apoyada en el frente de la casa.  Quizá estaba enfermo, pensó.

En la escuela los niños Fernández tenía los ojos enrojecidos. Su semblante era lento y apagado, contrario a sus diarias correrías y risas estridentes. En el recreo Sofia paso por al lado de ellos, y Juan, el mayor, la tomo del brazo con firmeza. Sofía torció la mirada hacía él tratando de parecer dura, pero al ver su expresión todo su andamiaje se derrumbó. Te tenés que ir, te tenés que ir, repetía como una plegaria. Tu apellido es un cadáver que camina junto a vos, agregó fúnebre y la soltó.  No comprendió lo último, pero sabía que era algo malo. Durante el día rumió esa frase constantemente. Qué significaba. ¿Su apellido estaba maldito?. ¿O el que estaba embrujado era el pueblo y por eso debía irse?. ¿Y si la pregunta que no le había hecho a su madre tenía que ver con esto?. Muchas preguntas, y ninguna respuesta. Sabía que su madre tampoco se las daría. Solo las encontraría en un solo lugar, casa donde no era bienvenida, pero su madre siempre le decía que Dios le tenía abierta las puertas a todos, incluso a ella.

Otro domingo aconteció. Su madre llegó con el mismo semblante dominical. Otra vez se eligió un producto para compartir. Al día siguiente, cuando fue al almacén se sorprendió porque en el mostrador estaba el señor Filiberto, y no su mujer. Este le dijo que la misma estaba enferma y debía quedarse en cama. Vio en sus ojos la misma expresión que tenían los hermanos Fernández, los mismos estigmas del llanto.

Un nuevo domingo amaneció. Al irse su mamá a misa, Sofía no lo dudo. Espero unos minutos y salió tras ella. Fue por caminos laterales, para no ser vista. Se escabulló por detrás de la pequeña iglesia y la rodeo por una de sus caras laterales. Al encontrar un ventanal donde dominaba casi todo el interior con la mirada, se agazapó debajo de ella para echar vistazos furtivos y escuchar atentamente. Un silencio sonoro ocupaba la nave sacrosanta. El padre frente al atril destacaba por su blanco impoluto. Comenzó a hablar y los ecos llenaron los espacios, incluso, los del alma. Corren tiempos difíciles. Todos lo saben. Las consecuencias de la corrupción y del abandono de las reglas de Dios nos han llevado a la ruina. Pobreza, miseria, crímenes, desdicha, hambre, saqueos, son moneda corriente en el país. La capital se sume en el caos, y por ahora son noticias que parecen de un lugar muy lejano, pero pronto nos alcanzaran.  Por eso en estos tiempos, Dios nos pide que demos algo más, que llevemos nuestra fe a límites no pensados, a lugares donde el miedo reina y el demonio nos espera para tentarnos. Pero todo el que tenga la palabra de Dios en el corazón no debe temer.  Nos fue dado el regalo de elegir ser el cordero que dará la vida por el rebaño. A nadie se obligará a dar un paso al frente, pero sepan que cuando su nombre sale Dios llama, y ese llamado no puede ser desatendido. Después la misa se desarrolló con normalidad.  Luego de la eucaristía, el padre sacó una bolsa y con su mano derecha mezclo bien su contenido. Y como si fueran a recibir una segunda ostia, una fila se encadeno detrás del padre. Uno por uno metía la mano. Al volver a sus asientos no leían rápidamente lo escrito en el pequeño trozo de papel. Esperaban con reverencia y temor. Pasados esos sentimientos el alivio se dibujaban en sus rostros al leer el papel. Ahora era el turno de la madre de Sofía. Tomó uno y fue a su asiento. Corrió un aire frío afuera que hizo que Sofía sintiera escalofríos. Atónita frente a lo escrito, su madre estaba paralizada. Poco a poco su mímica facial pasó a un llanto apagado, solo audible en su interior. Nadie se acercó a consolarla, todos estaban cabizbajos. El padre volvió a hablar a un interlocutor general, como si todos allí fueran parte de una amorfa criatura. Así es el designio de Dios. Para los que acepten tomar ese lugar, la gracia divina los llamara en su seno. No teman a la promesa del infierno si hoy su existencia acaba por sus propias manos. En estos tiempos Dios nos protege más que nunca, y esta ávido de recibirlos. Esto es por él y por nosotros, para que nuestra comunidad no sucumba a la oscuridad y a la decadencia. Antes de finalizar la oratoria, Sofía ya volvía a su casa. Cuando su madre regreso, Sofía sentía que debía decirle mucho, pero no encontraba las palabras. Empezó por mencionar la verdad. Hoy fui a la iglesia. Escuche todo. ¿Qué es lo que tenés que hacer?. Con ojos lluviosos su madre la miró sin pestañar, diciendo, Es como lo quiere Dios. Sino lo hago va a empezar a escasear la comida. Ya no llegan camiones. Las noticias de los pueblos vecinos son catastróficas. Hay que hacerlo para estar a salvo, para que Dios nos proteja. ¿Qué hay que hacer mamá?. Te vas a quedar con los Fernández, su mamá es muy buena y te va a cuidar. Mamá yo no quiero ir con los Fernández, por favor. Sofía es lo que hay que hacer, ya no discutas más. De esto depende que todo esté bien. Salió tu nombre en la misa, ¿verdad mamá?. ¿Vos vas a ser la ofrenda a Dios?. Su madre no encontró palabras en su saco interior, buscó en la bolsa interna de su ser, pero no las encontró. Pasó por al lado de Sofía hacia el cuarto. De lo más alto del placar tomó una pequeña caja y saco el revólver. Cargo todo el tambor de balas sabiendo que solo usaría una. Para cuando tenía el caño apoyado en su sien, Sofía la miraba atónita.

Con el dedo tenso en el gatillo, la vista se le cubrió de niebla. Pensó que era solo ese momento y ese sonido fuerte, una milésima de segundo y todo se habría terminado. El hambre, la tristeza, el árido mundo se hundiría para siempre en un mar espeso de olvido. Cerró los ojos, respiró y contuvo el aire. Más alto, pasando el techo con tejas, cortando el cielo tangencialmente, surcado por los brazos del sol radiante del mediodía, un estruendo rompió el silencio del domingo pueblerino. Madre e hija se miraron buscando una explicación. Otro estruendo rasgo el silencio y ya no pudieron contener la excitación y el miedo. La muerte quedo relegada por un momento y ambas salieron hacia la calle. Con sus manos en la frente para protegerse del son buscaron eso que estaba sobre sus cabezas. Otro nuevo estruendo paso rasante. El avión abrió su cola como una gran boca a la que se le cae la mandíbula y de su vientre salió un enorme bulto con un paracaídas.  Otros bultos nacidos de otras máquinas descendían a distintas alturas. Cargados de promesas y de esperanzas, tocaron el suelo y con ello, como el salvador que desciende de las alturas, traían algo más que alimentos. El revólver hizo lo suyo también y reposo en paz sobre la mesa, con su estómago incubando otro tipo de promesas, vanas hasta ahora.