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Los ojos del olvido

Por Paula Inés Lapunzina paula.lapunzina@gmail.com

Cada vez que alguien me preguntaba, a lo largo de los años, sobre si le tenía miedo a la muerte, yo contestaba que no. Siempre la pensé como algo inminente, saberse vivo es sinónimo de saberse muerto algún día. Quizás mis angustias podían pasar más por cómo sería su llegada, o el anhelo de no fallecer tan joven, de poder hacer todas las actividades que escribía religiosamente cada año, como metas a cumplir. Tampoco deseaba vivir hasta los 100 años, el concepto de inmortalidad con el que algunas personas sueñan, me resulta patético. Qué gracia puedo encontrar en presenciar las muertes de mis amigos y las personas allegadas, y vivir una cantidad de años significativa sin seguir disfrutando de los momentos junto a ellos.
No. Mi miedo nunca estuvo relacionado con la muerte, porque no sería consciente de ella cuando sucediera. En cambio, poseo un miedo más profundo, que me ha acompañado durante mi vida. El olvido.
Deseo disfrutar de todas las cosas bonitas que existen, vivenciar aventuras con mis amigos, experimentar amores apasionados, noches de sexo, risas y llantos, y tener la capacidad suficiente de recordar todo hasta mis últimos días. Incluso me debato bastante con la gente por la insistencia casi patológica en que nos ha sucumbido la sociedad del consumo y las redes sociales, donde todo debe ser fotografiado y expuesto. A veces pienso que tener esas instantáneas sería una herramienta para el baúl de los recuerdos de mi mente; otras, argumento que pierdo el tiempo, cuando la importancia radica en estar presente y aprovechar cada segundo de ese instante.
El olvido es algo que me asusta, porque me agarra desprevenida un miércoles por la tarde, tratando de recordar si el día anterior mandé el mail que debía, o a veces no sabiendo qué canciones me cantaba mi nona cuando jugaba en el jardín de su casa.
Me paso horas deseando que la cantidad de información que ingresa en mi cerebro, cada vez que leo un nuevo libro, escucho una canción o descubro los inicios de algún acontecimiento histórico, no tapen las meriendas de mi infancia, los juegos de verano o la sensación del primer beso, del chico que me gustaba.
Pero si hay algo más aterrador que mi propio olvido, es ver su reflejo en los otros. Me exaspera ser partícipe del malestar de alguien, al darse cuenta que pierde la noción del tiempo, o que no sabe dónde colocó las llaves, llega tarde a su trabajo y todo su día termina envuelto en una especie de caos y alboroto.
Todo esto pienso en mi presente, porque mis días transcurren con las sensaciones y los sentimientos a flor de piel, desde que hace un tiempo visito a Héctor en una residencia. Él es de esas personas que sigue viviendo, cuando ya sus amigos, hermanos y compañera de vida, han sido alcanzados por la dama de negro. Su salud ha sufrido algunos vaivenes, por lo que ha llegado el momento de que esté cuidado y atendido por profesionales, y es por eso que ahora ese es su nuevo hogar.
Héctor es un hombre que ha sido un padre rígido, pero que los nietos le han ablandado el corazón. Sus chistes, sus eternas historias de nuestros antepasados italianos y de cómo llegaron acá, son parte latente de mi infancia. Podría pasarme horas y horas escuchando la historia del queso mozzarella, las aventuras de los médicos de la familia, la infancia en Luján, los viajes por el mundo que tuvo la oportunidad de hacer con su amada Nélida. O descubrir cosas nuevas que no sabía, como que solía tocar tangos en el piano de joven.
Con él compartimos el amor por el mate, aunque haya crecido en una ciudad conocida por su consumo de café. Años atrás, yo preparaba el mate y los tomaba dulce con mi nona, y luego lo cebaba para que quedara amargo y lo consumía con él. Cuando las cosas cambiaron, y fuimos dos, tuvimos que adaptarnos. Lo bebíamos mientras él le daba de comer a los pajaritos en su patio, o admiraba las plantas que daban flores a través de los cambios de estación.
Si le preguntan a alguien sobre él, diría que tiene manos mágicas, pues es el único que consigue que las orquídeas florezcan en cualquier lugar. También señalarían su amabilidad y simpatía, ya que tiene alma de conquistador. Eso mismo dicen las enfermeras, cada vez que charlamos en los días de visita.
Mis días avanzan y mi preocupación vuelve a centrarse en recordar todos los detalles de mis vivencias con él. Porque la mente de Héctor juega su propio juego, y a veces no concuerda con la lógica del presente. Cuando le cebo mates, trato de recuperar esas conversaciones sobre su vida. A veces me escucha y me contesta, a veces sus oídos ya no retienen las palabras; por momentos se angustia por no recordar lo que le pregunté. Su mirada parece cansada, ha vivido mucho, pero increíblemente su cuerpo sigue aquí. En ese instante pienso en las fotos como herramienta de recuerdo, se las comparto, y puedo admirar la sonrisa en su rostro.
Al principio, transitaba la difícil tarea de escuchar sus quejas, sus sensaciones sobre sentirse abandonado o ser una molestia para la familia. Era complejo hacerle comprender que su visión de las cosas era recortada, y que si estaba ahí, era porque era lo mejor y más acorde para él. Discutir con alguien querido y de edad avanzada no es grato, así que intentaba recuperar las chispas de su humor, y llevar las conversaciones hacia un lugar más ameno.
Con el tiempo comenzó a aceptar la idea de que ahora ese era su hogar, que mi tía ya no podía cuidarlo y que ahí se encontraban personas que sí se dedicaban a eso.
En los ojos de mi nono, se funden el amor más grande y mi miedo más oscuro. Cada vez que voy a verlo, recuerdo los componentes de su pasado para preguntarle por él.
Volvería a escuchar sus chistes una y otra vez, sus frases célebres como “¡Quiero que me entiendan Violeta!” o las historias de su tránsito por la avenida Gaona de Buenos Aires con el camión de su padre, con tal de presenciar toda la imagen que se genera, cuando alguien te habla con entusiasmo como si fuera la primera vez que escuchás esas palabras de su boca. (Aunque todas las visitas, repita las mismas historias y yo articule una cara de sorpresa siempre). Al fin y al cabo, él no es más que alguien que quiere hacerte feliz…
Así pasan nuestros encuentros, y yo me voy tranquila a mi casa, cuando él mira a la enfermera y le dice: “Ésta es mi nieta”.
Pero al llegar el momento en la semana de emprender el camino hacia la residencia, me paso todo el recorrido con el olvido impregnado en mi cuerpo como eterno compañero. Ruego así, que ese todavía no sea el día elegido, en el que yo cruce la puerta, le cebe un mate a Héctor y él me mire, y no sepa quién soy.