
Vení, Charli, acompañame al patio. Ya preparé el mate. Sentate acá. La verdad es que semejante espectáculo es digno de ser evitado.
(Charli se levanta de la mesa del comedor aturdido. Se dirige al patio, que está cruzando un pasillo por el lavadero. Burgos lo espera en una mesa)
¿Vos podés creer que a este le encanta comerle así las alas al pollo? Cada vez que planeamos un encuentro familiar, él propone comprar el pollo asado que hacen acá en la esquina. El menú es barato, rinde bien y con la cocción ahumada de la parrilla nadie se queja.
El tema es que este loco es fanático de la pollería de la esquina y siempre opera, cual lobby, para que terminemos pidiendo el entero con fritas, con chimi especial.
-Abu dale, son mil pe y comemos cuatro, es la que va, dame la plata que yo me encargo de todo. -Y sale corriendo a pedirle al Cacho que le haga su manjar. Antes, se ocupa de poner la mesa, siempre a los tumbos, cosa de que nadie tenga tiempo para pensar en otra opción de menú o en lo que sucederá inmediatamente después.
Creo que un poco ya dejamos de resistirnos, le decimos que sí, porque es cómodo y lo esperamos con cerveza o agua (pero siempre con coca), dependiendo el día del mes. Tampoco es que podemos darnos tantos lujos juntos, ¿viste?
(Ceba un mate a Charli, que escucha callado de asombro. Usan yerba Playadito, el mate es de acero, de esos chiquitos y la pava fogonea el agua caliente, arriba de un posapavas de lana, tejido por la abuela. Charli toma mate y al último sorbito lo hace tronar con el aire del fondo).
Yo extraño la época de reviente y malgaste de guita, no me mal entiendas. Pero ahora ya no se puede todo, el país se está yendo a la mierda.
Igual que este pibe, justo lo que te estaba diciendo. El guaso se sirve su pollito y siempre hay que dejarle la patamuslo, porque no le gusta seco. Y encima que ya viene con pretensiones, se arma la tole tole cuando están los chicos, porque también hay que dejarle las alitas. Las dos. Es un boludo de 20 y pico peleando con chicos de 5.
¿Vos podés creer que cuando termina de comer su plato, agarra las alitas y las chupa como a un helado? Después de que le queda toda la cara engrasada de chimi, las saborea cual chupetines y les entra como nene al algodón de azúcar.
Y eso que recién empieza. Con una mano en cada punta, las abre, las desgarra y se queda con el huesito que tiene más carne. Le separa la piel, desabrida después de tanto lengüetazo, la pone en el plato y la corta con cuchillo y tenedor. ¡Con cubiertos! Es el único momento en que se hace el fifí.
Mientras va comiendo la piel de a poquito, prepara la parte del hueso con carne y la pone en un vaso ¡y le tira un chorro de coca! ¿Sabés lo que hace con eso? Lo revuelve con una cuchara, lo saca y lo come con la mano. Dice que le encanta ese maridaje de carne blanca y cola.
(Charli toma el segundo mate. No hace ningún ademán por ocultar su cara de asco. Le dice a Burgos que se está poniendo tibio…)
¿Y con la alita? Le pone chimi, la chupa y le tira el resto al perro, que observa la escena deseoso del pequeño manjar que le toca.
Ah, pero eso no es todo.
Después de que el perro lamió la alita, el desgraciaciado este la levanta del piso y se la manduca. Dice que es como un postre. La baba del Tobi le deja un sabor dulzón que lo vuelve loco.
(Charli se ahoga con su tercer cebada y arroja a la mesa un escupitajo frío, en medio de una tos repulsiva.)
Yo no entiendo. La primera vez observé el show con cara de nosequé, mezcla un poco de asco con indignación. No le dije nada porque no me correspondía, no es mi pibe, ¿viste? A medida que esta perfo se fue repitiendo casi todos los fines de semana, el desinterés de la familia creció. Ya nadie le presta atención.
No puedo comer cada vez que pasa, se me revuelve el estómago. Muchas veces he vomitado. Por eso me vine al patio. ¡Te traje acá para hacerte un favor, Charli! ¡Te salvé de un espanto! En fin. Voy a calentar más agua.
(En el comedor, el pibito sigue comiendo sus huesitos, lamidos minuciosamente por Tobi, el peludo de saliva dulce. La madre se acerca y se agacha justo debajo de su silla. Agarra del suelo un resto de alita, cobijado por algunos pelos del perro -se ven al trasluz sus brillos dorados- y se lo deja en el plato. «Te faltó comer esto, mi cielo», le dice y se dirige hacia la heladera para buscar el postre mientras el pibe se devora las últimas chances de vuelo que le quedan a los pelos en el piso.)